Consumir menos no es perder calidad de vida

El consumo forma parte del sistema en el que estamos inmersos. Se incentiva desde todas las esferas y en todos los ámbitos. Se ha instalado (nos lo han marcado a fuego) que consumir es el referente que marca la calidad de vida. Es más, en estos tiempos de crisis financiera, escuchamos constantemente que reactivar el consumo es la solución a la recuperación económica, cualquiera lo repite. Si la gente consume con fervor, pueden estar tranquilos, que el dinero se mueve. No hacerlo, o mejor dicho, hacerlo de forma consciente y responsable, parece una actitud de inconscientes, de ilusos tal vez.

compra, compra, compra

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¿Cuál es el precio?

Este consumo desproporcionado que se postula como el salvador de las finanzas y como el medidor de nuestra felicidad, tiene un precio muy alto que no se muestra  en el ticket de compra, y que evidencia, de manera obscena, y como muy bien escribía Naomi Klein en su libro NO LOGO, “cómo la desigualdad económica se ensancha y las oportunidades culturales se estrechan. Esta es la aldea donde algunas multinacionales, lejos de nivelar el juego global  con empleos y tecnología para todo el mundo, están carcomiendo  los países más pobres y atrasados del mundo para acumular beneficios inimaginables”. Y somos cómplices.

Se nos ha olvidado, tal vez los que ponen las reglas nos han idiotizado muy bien, que como consumidores tenemos una responsabilidad muy grande y un papel decisivo; que actuamos y decidimos, en esas compras cotidianas, cómo somos y que mundo queremos.

No hace falta más que echar un vistazo a algunas de las necesidades esenciales de la vida para comprobar cómo el consumo de los países ricos marca el destino de los más desfavorecidos.

Consumo de comida

Se compra más comida de la que se consume. Más de la necesaria. El último informe de la FAO (septiembre de 2013) alertaba de que se desperdician anualmente  1.300 millones de toneladas de alimentos,  lo que no sólo provoca grandes pérdidas económicas, sino también un grave daño a los recursos naturales de los que la humanidad depende para alimentarse. Permitimos que un tercio de todos los alimentos que producimos se pierda o desperdicie debido a prácticas inadecuadas, cuando 870 millones de personas pasan hambre todos los días. Y además, los alimentos que producimos pero luego no comemos, añade este informe,  consumen un volumen de agua equivalente al caudal anual del Volga y son responsables de añadir 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera del planeta. Nos escandalizamos con estas cifras pero nos olvidamos de las mismas cuando vamos al supermercado o cuando limpiamos la nevera el fin de semana. Son necesarias actuaciones responsables y contundentes de los gobiernos, los campesinos, las empresas de alimentación pero también las nuestras como consumidores.

verduras frescas

Consumo de  ropa

Necesitamos vestirnos, eso es indudable. Pero cuánta ropa es imprescindible. Los precios de algunas marcas de ropa o las rebajas nos llenan los armarios sin que muchas de esas prendas sean necesarias o nuestros cuerpos se las pongan más de un par de veces. Pero es tan barato…

ropa

Cuando se incendia una fábrica textil en Bangladesh nos llevamos las manos a la cabeza escandalizados por las condiciones laborales de sus empleados. Ante una tragedia de semejante magnitud nos alarman los sueldos injustos, la explotación que sufren esos trabajadores (en muchos casos niños) o la inseguridad de los talleres donde confeccionan nuestras prendas. Pero no asumimos que ese es el precio que hay que pagar para que nosotros podamos comprarnos camisetas a tres euros.

Consumo de energía

Con la energía nos pasa un poco lo mismo. Nos acostumbramos a encender todas las luces aunque no sea precisa la iluminación. Los cables quedan enchufados. Todos los electrodomésticos funcionando a la vez. En invierno nuestras casas quieren ser el trópico y en verano el polo. Total… por un par de grados. El consumo desproporcionado de energía está consumiendo los recursos del planeta. Y se nos grita que el Planeta no tiene repuesto. Y además, se siente profundamente en la factura. Nos tomamos a chiste las recomendaciones de los expertos sobre cómo es importante cambiar de hábitos y cómo podemos reducir la huella.

energías renovables

Actitudes para el cambio

Nuestra responsabilidad como consumidores es mucha. Y la capacidad de consumo no es la medida de la calidad de vida, aunque sea lo que nos venden. Si ponemos el bienestar en cuánto podemos comprar estamos perdidos. Por suerte, cada vez hay más gente sumándose al cambio. Cada vez hay más información que nos somete a juicio y sobre todo que nos enseña a mejorar nuestros hábitos, a hacernos conscientes.

¿Necesitamos todo lo que consumimos? ¿Todo lo que compramos nos mejora la vida o solo la adorna?

Hagamos la prueba. Pensemos y actuemos.

Con la comida

Con las escandalosas cifras sobre el despilfarro de alimentos no cabe duda de que debemos modificar nuestros hábitos de consumo alimentario, más allá de esperar acciones gubernamentales o desde las industrias alimenticias. Pequeños gestos como planificar nuestro menú semanal, comprobar la eficiencia energética de nuestra nevera, aprovechar las sobras hasta agotarlas o utilizar las verduras marchitas para hacernos un caldo (preguntémosle a nuestras madres y abuelas) son imprescindibles y perfectamente asumibles en nuestros hogares. Podemos comprar en el comercio del barrio o formar parte de la cada vez más numerosa red de grupos de consumo que fomentan el intercambio entre consumidores y productores próximos.

huerto

 

Con la ropa

En este caso la pregunta es obligada ¿Cuánta ropa necesitamos? ¿Cuánta de la que nos hemos comprado últimamente es imprescindible? Cuánto nos la hemos puesto. Cuánta tenemos en el fondo del armario, olvidada e inútil.

Es necesario informarse. Una buena referencia es la Campaña Ropa Limpia, que actualiza permanentemente su página con informes o campañas específicas para recordarnos cuánto cuesta la ropa que usamos; cómo viven y trabajan en los talleres donde nos la confeccionan.

Debemos saber cómo funcionan las marcas que compramos. Dónde producen la ropa que nos viste. En primer lugar, no nos hace falta cambiar de modelo con cada temporada, y segundo y más importante, podemos elegir prendas confeccionadas con justicia que no atenten contra la dignidad humana ni destrocen el Planeta.

Con la energía

Desenchufemos los cables que no se están usando. Aprovechemos la luz del día lo más posible. Dosifiquemos el uso de los electrodomésticos. La calefacción y el aire acondicionado que tengan temperaturas acordes a la estación en la que se utilizan. Usemos  bombillas de bajo consumo y apaguemos todo cuando no esté funcionando. Promovamos el uso de energías limpias. Contratemos los servicios de las cooperativas de energía verde. Con estos gestos, además de proteger los recursos del Planeta reduciremos el coste en nuestras facturas energéticas.

En nuestros actos de consumo asumimos una responsabilidad como ciudadanos del mundo y debemos saber (lo recordaba Naomi Klein en el mencionado y recomendable libro NO LOGO), por poner solo algunos ejemplos, que “el origen de las zapatillas Nike son los infames talleres de Vietnam; el de las ropitas de la muñeca Barbie, el trabajo de los niños de Sumatra; el de los cafés capuchinos de Starbucks en los cafetales ardientes de Guatemala, y el del petróleo de Shell en las miserables aldeas del delta del Niger”.

Vivir bien no es tener muchas cosas. Que no nos engañen, la capacidad de consumo no es la medida de nuestro bienestar. La calidad de vida está en el ser, no en el tener.

Para seguir reflexionando y cambiando nuestros hábitos dejamos algunas lecturas y documentales de interés.

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3 responses to “Consumir menos no es perder calidad de vida

    • Hola ecocosmopolita!
      Muchas gracias por el comentario. Nos alegra mucho que te haya gustado el post y esperamos que disfrutes de los enlaces. Nosotros ya estamos siguiendo tu blog, saludos

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