Vivir mejor con menos agua

Imagina que te levantas por la mañana, vas a la ducha, abres el grifo… y no hay agua. Tampoco en la cocina. ¡No! Si en alguna ocasión te has quedado un día o dos sin agua, habrás sufrido con su ausencia.  Es un horror. ¡Cómo que no hay agua! Se nos acaba el mundo. Nos hemos acostumbrado a abrir los grifos sin control, a dejar correr el agua en la ducha como si no tuviera fin, a tirarla por el fregadero cuando queda un resto en el vaso, a fregar con los grifos abiertos a todo lo que dan… Si te has quedado un día o dos sin agua, seguramente pudiste arreglarte comprando agua embotellada en el supermercado. No es lo mismo pero pudiste ponerle remedio. Saliste del paso. Pudiste, con esa solución, cocinar, lavarte, beber. Ahora imaginémonos que nos quedamos sin agua y que no hay agua embotellada para satisfacer nuestras necesidades. ¿Terrible, no?

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Bueno, pues ese drama imaginado en unos segundos y que nos parece sólo una fantasía apocalíptica es una de las crisis ambientales más graves que amenazan el futuro. Y la vida. El agua es fuente de vida y esto no es un eslogan. Porque ¿podemos pensar una vida sin agua? Necesitamos agua para saciar la sed, para cocinar, para nuestra higiene y la de nuestras casas. Necesitamos agua, sí. Pero ¿cuánta? Según Naciones Unidas, la cantidad correcta de agua, por persona al día, es de 50 litros por (para el uso humano doméstico). Esa sería la medida justa.  Para todos. Pero ¿cuál es la realidad?

La realidad es que en muchos países hay personas que viven con menos de 10 litros de agua al día, mientras que en los países ricos usamos más de 300 litros por persona al día.  La realidad es también que más del 30% de la población mundial no tiene acceso al agua potable y eso genera muertes, no lo olvidemos. Además de eso, hay que tener en cuenta el agua que se utiliza para regar los campos agrícolas. Como podéis imaginar, en este aspecto tampoco el reparto es equitativo entre países pobres y ricos, con lo que eso implica en las cosechas y, por tanto, en la alimentación.  Gran parte de los recursos hídricos se destinan a la agricultura. Y esto va a incrementarse con el tiempo porque la población sigue creciendo y la demanda de alimentos, obviamente, será mayor. Entre otras cosas, para reducir la cantidad de agua que reclama el campo habría que modificar los sistemas de riego para hacerlos más eficientes.

Gestionar sosteniblemente el consumo de agua es un reto de nuestro tiempo, sin duda. Y lo es, también, en nuestras casas, en nuestros hábitos cotidianos. Porque no necesitamos 300 litros de agua diarios por persona al día. Eso es un despilfarro inmoral, teniendo en cuenta que hablamos de un bien de primera necesidad al que no accede más de un tercio de la población mundial. Y el agua que no existe o no llega, mata.

Muchos dirán que no pueden vivir con menos agua. Por supuesto que sí podemos. Es cuestión de optimizar su uso. De aprender a usarla. Pero para eso debemos empezar por ser conscientes del derroche que se nos escapa entre las manos.

Prácticas cotidianas

Recientemente, durante unos meses, vivimos en una casa muy autosuficiente. En plena naturaleza, bastante aislada y en una zona bastante seca. La traída de agua a la que estamos acostumbrados no existía ahí. Había grifos, ducha, lavadora, lavavajillas y agua pero que llega de un pozo. ¿Y cómo se llenaba ese pozo? Si llueve, con el agua de la lluvia. Si no, hay que comprarla y llenarlo.

Esta experiencia nos hizo más conscientes de un uso responsable del agua. De ahorrar y de reciclarla. De usarla sólo cuando es imprescindible. ¿Vivíamos mal? En absoluto. Lavábamos  la ropa en la lavadora y, a veces, usábamos el lavavajillas. Bebíamos, cocinábamos y nos duchábamos a diario. Pero todo eso, lo hacíamos de una forma absolutamente consciente. Y aprendimos. ¡Qué remedio! Y lo hemos incorporado a nuestra vida. Por eso lo compartimos. No confundamos sobriedad y eficiencia con precariedad. No es lo mismo.

¿Cómo se hace? ¿Cómo se adapta uno a reducir considerablemente el consumo de agua?

Primero, observando. Después, pensando. Cuánta agua necesitamos. Y qué tipo de agua hace falta. ¿Es necesario tirar toda el agua que dejamos que se escape? ¿Cuánta agua podemos reutilizar? Y ¿para qué?

Si bien, con este ejemplo no quiere decir que uno tenga que tener un acceso limitado al agua, lo que sí queremos demostrar es que todos podemos aprender a consumirla de forma responsable y eficiente. Es cuestión de querer y de ir cambiando algunos hábitos. En un par de días, si se quiere, podemos incorporarlos.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Cuidemos los grifos

En primer lugar, cada vez que abrimos el grifo, no hay que hacerlo como si no hubiera mañana. Existen, además, unos aireadores que se colocan en ellos y que permiten ahorrar hasta la mitad de agua. Por supuesto, hay que evitar cualquier tipo de pérdida; gota a gota se pierde mucho. Si pasa, hay que arreglarlo.

En el lavabo, cuando nos lavamos las manos o los dientes no debemos dejar el agua correr. ¡No hace falta! Es tan fácil como enjabonarnos (la cara o las manos) y cepillarnos los dientes y después, abrimos el grifo y nos enjuagamos. Si dejamos el grifo abierto podemos tirar directamente unos 15 litros de agua por cepillado. Y 15 x 3 (lavados de dientes recomendados) es una barbaridad.

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Duchas

¿A quién lo le gusta una ducha caliente (o fría)? Nos limpia, nos refresca o nos relaja pero no es necesario tirarse 20 minutos bajo el agua. 5 minutos son suficientes para ducharse. Y mientras nos enjabonamos cabello y cuerpo, el grifo se cierra, por supuesto. Obviamente hay que ducharse. No es una preferencia: un baño de inmersión es un desperdicio de agua tremenda. La cantidad de agua que se gasta en un baño frente a una ducha es de 300 litros frente a 60, aproximadamente. La diferencia es brutal y no hace falta añadir nada más.

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La cisterna

Éste es otro de los usos donde más agua se consume. Afortunadamente ya existen los botones de doble descarga o incluso otros en los que tú manejas la cantidad de agua necesaria. Lo mejor, en cualquier caso, es instalar unos depósitos (ya existen) que aprovechan el agua que usamos al ducharnos o al lavarnos y que sirven para cargar la cisterna. Eficiencia total. Así que el que tenga que hacer reformas en el baño, esa sería una estupenda inversión.

Cocina

En la cocina también tenemos mucho para aprender y poner en práctica.

Estamos muy mal acostumbrados. Dejamos el agua correr mientras lavamos los alimentos y toda esa agua, acaba en el desagüe cuando se puede utilizar para otras cosas.

Cuando limpies los alimentos que vas a comer, coloca un barreño debajo y esa agua guárdala para regar las plantas o el jardín.

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Otra manera de aprovechar el agua es recoger el agua de la lluvia. Esto es mucho más sencillo y práctico si tienes una casa. Se trata de colocar un depósito donde caiga el agua para poder reutilizarla para el riego.

¿Es tan difícil? Para nada. Es habituarse. Para los despistados podéis imprimir con adhesivo las imágenes del post y pegarlos en el baño y la cocina. Así no sólo no nos olvidaremos sino que además, los que vengan de visita, cumplirán con la recomendación y seguramente lo copien y lo pongan en práctica en sus casas. Se trata de incorporar cuanto antes estas acciones y convertirnos en activistas con familia y amigos. Tenemos que ser militantes por el agua. Es una cuestión de supervivencia. Y se puede igual de bien con menos agua.

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