¿Y la crisis ecológica?

Algunas reflexiones después del Día Mundial del Medio Ambiente

Los “días para” pueden tener su razón de ser para llamar la atención sobre temas de interés de forma colectiva, para dedicarles una atención que si no, probablemente no tendrían. No están mal pero, en general, no sirven para mucho más que para aliviar un montón de conciencias, individuales y colectivas, o para sacudirnos responsabilidades coreando un lema, poniéndonos una pegatina en la solapa, participando de un acto o firmando un manifiesto en un día dispuesto en el calendario.

El 5 de junio se ha celebrado, un año más, el Día Mundial del Medio Ambiente. Carteles desplegados por las ciudades (siempre con alguna flor, algún pájaro y algún niño –pura ternura-), reportajes ridículos en las televisiones, en las que suele aparecer un grupo de escolares en un colegio reflexionando con dibujos o juegos sobre la cuestión; famosos hablando del reciclaje o la comida ecológica y, con suerte, algún artículo o tribuna de opinión, firmado por algún experto, enumerando argumentos sobre la importancia de cuidar el Planeta. Y listo. Hasta el año que viene.

En España, este año, la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente ha querido coincidir con la sucesión al trono. Horas, páginas, reportajes, tertulias, entrevistas y artículos dedicados (hasta la extenuación y, salvo algunas excepciones, de manera cortesana) a la monarquía  Luego está lo de siempre, que algún hueco tiene: los grandes partidos políticos, los banalización de las desgracias cotidianas y el fútbol, que este año tenemos mundial.  Con este panorama, el Medio Ambiente sobra. Si hacemos una reflexión, no ha sobrado el Medio Ambiente en los medios de comunicación el 5 de junio de 2014 simplemente porque a los redactores y directores no les cabía nada más en las parrillas o en las páginas, sobra porque nadie quiere darle la relevancia que tiene.

Es curioso que en muchos círculos, con gente informada, indignada, ideológica, comprometida y activistas en mil causas, si les hablas de Medio Ambiente, ecología o cambio climático, suele suceder que encuentras miradas o aprobaciones con cierto tono condescendiente. Algo así como, ay, estos del campo y las flores, ellos con lo suyo. La mayoría, ni siquiera los muy informados, muy activistas y muy comprometidos, no han entendido que la crisis ecológica tiene que ver, sobre todo, con la justicia, los derechos humanos y con el hambre. No se puede hablar de derechos humanos y de desigualdades sociales y obviar la crisis ambiental como si fuera un capricho naïf de los fanáticos del campo, la fauna o la flora.

Desde una lectura muy particular y, como no podría ser de otra manera, subjetiva, parte de esta consideración de lo que significa la defensa del medio ambiente o la ecología política, tiene que ver con que los especialistas, las organizaciones e incluso los partidos que se denominan verdes no han sabido enviar un mensaje que resulte comprensible. La mayoría de la gente no ha entendido la gravedad del asunto. Muchos, cuando hablas de eficiencia energética piensan que tienen que apagar la luz y vivir con velas. Son muchos los factores que influyen en esto. Y los medios de comunicación tienen una responsabilidad mayúscula. ¿Cuántos periódicos, radios o televisiones tienen secciones o programas dedicados al Medio Ambiente? Echen un vistazo, a ver qué encuentran. No es nada fácil encontrar información de calidad que haga pedagogía ecológica. No interesa. Por poner un ejemplo, y más allá de que ellos deban revisar sus aspectos de comunicación, el Partido Verde Equo, que se presentó a las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, tuvo una pírrica presencia en los medios. Así es muy difícil llegar a la gente y explicar qué significa la ecología política, que tiene ésta que ver con la economía, con la creación de puestos de trabajo, con poner sobre la mesa, de manera contundente, cómo la crisis ecológica que vivimos es muy grave y sus efectos pueden ser incorregibles si no tomamos medidas urgentes.

Si todavía creían que sí, dejen de creerlo: la crisis que vivimos no es sólo financiera. Es social, es institucional, es de valores, es sistémica y es, también, ecológica. A estas alturas no sirve decir: soy o no soy ecologista, como quien es hincha de un equipo de fútbol. Esto es una cuestión de defensa de los Derechos Humanos y una profunda cuestión de justicia. Sí, de justicia. Los países ricos (y los ciudadanos que los habitamos, con nuestros comportamientos y hábitos) hemos expoliado el Planeta. Lo hemos maltratado pensando que se regeneraba por inercia y, sobre todo, que teníamos todo el derecho de usarlo para satisfacer nuestra aspiración de confort. Conviene poner sobre la mesa algunos datos significativos: la Organización Mundial de la Salud calcula que cada año mueren 150.000 personas como consecuencia del cambio climático, ya que las enfermedades se difunden con mayor rapidez a temperaturas más altas. Por su parte la FAO (La organización de Naciones Unidas para la Alimentación) advierte de que en unos cuarenta países pobres y subdesarrollados, con una población total de dos mil millones, las pérdidas de producción de cosechas debidas al cambio climático podrían incrementar drásticamente el número de personas desnutridas, lo que obstaculizaría gravemente los progresos en la lucha contra la pobreza y la precariedad alimentaria.

No podemos esperar que el discurso político empiece a atender estas cuestiones; tampoco les preocupa demasiado la malnutrición infantil, el desempleo, los desahucios o que, por ejemplo, un colegio público pueda dar prioridad a las familias en las que no haya parados.

En el prólogo de su libro Calor (Cómo parar el calentamiento global), George Monbiot hace una reflexión que nos interpela. “Podemos seguir culpando sólo al gobierno o a las instituciones de la parsimonia con que el mundo está respondiendo al cambio climático. Éstos no pueden hacer nada hasta que nosotros no queramos. En estos momentos lo queremos todo, playas con palmeras, coches monstruosos, televisores de plasma y una conciencia tranquila”.

La crisis ambiental y la urgencia de tomar medidas no interesa, más allá de cuatro contenidos coloristas con mensaje positivo, porque nos exige, a la ciudadanía y a los gobiernos, cambios significativos que trasciendan de una vez los gestos simbólicos.

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